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REFLEXIONES

Marzo 1 de 2026 II Domingo de Cuaresma

Lecturas del día

  • Génesis 12, 1-4a.
  • Salmo 32, 4-5. 18-19. 20 y 22.
  • 2 Timoteo 1, 8b-10.
  • Mateo 17, 1-9.

Saludo fraterno, familia y amigos.

La llamada de Dios llena el universo. Así es. Dios llama a la existencia, a la vida, a la luz, a la plenitud. Esa llamada o vocación implica dos puntos, el de salida y el de plenitud; es como una tensión que esta permanentemente jalonada por la llamada divina, su gracia, su amor, su espera por nosotros, por cada uno.

 

El hermoso texto de la 1ª. lectura es precisamente la llamada de Dios a Abrán (que después pasará a Abrahán). En esta llamada, como en todas, se da una ruptura, en este caso con “la tierra, tus parientes y la casa de tu padre” e ir en pos de la tierra que Dios mostrará. Pero la llamada de Dios contiene también unas promesas: un gran pueblo (descendencia), bendiciones y la protección-presencia de Dios en ese camino. 

 

Pablo en su carta a Timoteo nos recuerda una verdad esencial: Dios nos ha salvado y nos ha llamado a una vida santa porque desde antes de la creación, dispuso darnos su gracia, que se ha manifestado por medio de Jesucristo y el Evangelio. La gracia dada por Dios, gratuitamente, sin mérito alguno de nuestra parte, ha destruido el poder de la muerte y ha manifestado la vida eterna.

 

En el Evangelio, la figura de Moisés hace referencia a los libros de la ley, y Elías hace referencia a los profetas. Dios revela a su Hijo como la plenitud, precisamente, de esa revelación bíblica. En Cristo Jesús, Dios llama a todos los hombres a ser parte de su pueblo; es también un ponernos en camino; llamados a la obediencia de la fe, la confianza en Dios, en su Palabra y sus promesas. Salir e ir al encuentro de la plenitud en Jesucristo Vivo y Resucitado.

 

Dios nos conceda su gracia para discernir siempre, aquello que debemos dejar atrás y caminar mirando hacia el futuro, anhelando la plenitud que se nos ha revelado y nos aguarda en su Hijo Jesucristo, plenitud de la Ley, de la vida y del amor. Amén.

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Miguel Angel Cortes

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo

Mateo 17, 1-9

 

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.