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REFLEXIONES

Marzo 8 de 2026 III Domingo de Cuaresma

Lecturas del día

  • Éxodo 17, 3-7.
  • Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9.
  • Romanos 5, 1-2. 5-8.
  • Juan 4, 5-42.

Saludo fraterno, familia y amigos.

Son densas las lecturas que nos presenta la liturgia de la Iglesia en este tercer domingo de Cuaresma. Quiero centrarme en el elemento común y explícito que une la 1ª. lectura con el Evangelio: El agua.

 

En la 1ª. lectura se nos presenta la imagen del pueblo que se amotina para reclamar a Moisés el haberlos sacado de la esclavitud para llevarlos a morir de sed en el desierto. El agua no será solamente signo de saciedad para una sed física, sino que pasará a lo largo de la revelación bíblica a ser el signo de las bendiciones de Dios, la salvación, la gracia y la efusión del Espíritu de Dios que renueva la vida de Israel.

 

En el Evangelio, una mujer samaritana llega a sacar agua del pozo de Jacob. En este texto podemos contemplar no solamente un diálogo entre esta mujer y Jesús, sino que descubrimos todo un camino de evangelización, un reconocer quiénes somos, descubrir la sed de Dios en nuestro corazón y el encontrarnos con la fuente de salvación que Él mismo ofrece a la humanidad.

 

En nuestra vida cotidiana también experimentamos diferentes tipos de sed: física, espiritual, de justicia, de paz, de sentido para los diferentes aspectos de nuestra vida, sed de salvación, sed de Dios, de plenitud, de amor. Lo convulsionado de la vida y del mundo nos traen sed al corazón.

 

Desafortunadamente, muchas veces buscamos la respuesta y la saciedad en realidades equivocadas. Pienso en el hermoso texto de Jeremías: “me han abandonado a mí, fuente de agua viva, para construir cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua”. (Jer 2, 13).

 

El pueblo anhelaba, en cierta medida, el pasado, las ollas llenas de cebollas en Egipto, un pasado de esclavitud, lágrimas y amargura. La mujer samaritana había buscado respuestas en varias relaciones que le condujeron al mismo lugar espiritual, un lugar vacío, sin contenido, sin respuestas, sin el amor que anhelaba realmente su corazón. La realidad del pueblo y de esta mujer samaritana se repiten sin cesar en nuestro corazón, en la humanidad.

 

Jesús se presenta como el Salvador, el Mesías, el Cristo; se presenta como el agua viva que salta hasta la vida eterna. Esa salvación se recibe por medio de la aceptación de la Revelación, por la fe en Jesucristo y nos lleva a estar en paz con Dios (2ª. lectura).

 

Pidamos a Dios su gracia para que reconozcamos en Cristo los dones de salvación que Él mismo nos regala; Él nos fortalezca en la fe para que aceptemos más y más su Palabra y vivamos en la paz que Él ha establecido en su obra redentora. Amén.

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Miguel Angel Cortes

Lectura del Santo Evangelio según San Juan

Juan 4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42

 

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía.

Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”.

La mujer le respondió: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.

La mujer le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla. Ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”.

Jesús le dijo: “Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”.

La mujer le dijo: “Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, él nos dará razón de todo”. Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla contigo”.

Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: ‘Me dijo todo lo que he hecho’. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo”.