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REFLEXIONES

Marzo 22 de 2026 V Domingo de Cuaresma

Lecturas del día

    • Ezequiel 37, 12-14.
    • Salmo 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8.
    • Romanos 8, 8-11.
    • Juan 11, 1-45.

Saludo fraterno, familia y amigos.

Será algo muy positivo si como ejercicio espiritual, en este domingo, leemos de manera pausada y meditada Ezequiel 37, 1-11, preámbulo y contexto de la 1ª. lectura de hoy; y que nos dará una comprensión más profunda de lo que significa el mensaje que nuestro Dios nos quiere transmitir en este día.

 

El siguiente ejercicio es leer Juan 11, 45-53; que nos dará una visión de lo que significa la ironía en el Evangelio de San Juan, en este caso frente a la resurrección de Lázaro.  

 

En la 2ª. lectura encontramos tres traducciones, puede haber más, del versículo 8:

  1. Los que están en la carne no pueden agradar a Dios.
  2. Los que viven entregados a sus apetitos no pueden agradar a Dios.
  3. Los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios.

 

Entiendo que la 2 y la 3 quieren esclarecer el concepto “carne” para una mejor comprensión del texto. Podemos también pensar en:

  1. Los que viven según las apetencias del orgullo, el egoísmo, la codicia, el materialismo, la ambición, la sensualidad, la indiferencia, la injusticia, la falta de solidaridad, el hambre de poder, no pueden agradar a Dios.
  2. Los que viven según la condición humana herida por el pecado no pueden agradar a Dios.
  3. Los que viven a espaldas de Dios, sin una vida espiritual, sin un compromiso por la verdad, la justicia, la honradez, no pueden agradar a Dios.

 

Es la dimensión de la “carne” sin la redención obrada por Cristo. El mismo Pablo reafirma que el justificado tiene en sí el Espíritu de Cristo y es invitado, llamado a vivir según ese mismo Espíritu que le da la nueva y verdadera vida, la del resucitado.

 

Concluyamos: El pueblo infiel a Dios ha conocido la muerte, ha experimentado el sinsabor de la infidelidad a Dios y ahora “Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, estamos destrozados” (Ezequiel 37,11).

 

Como el pueblo de Dios en esa situación, la Iglesia, el creyente clama a Dios implorando perdón y el anhelo de experimentar la salvación y el verdadero sentido para la existencia (Salmo).

 

Dios anuncia su salvación, Él mismo infundirá su Espíritu, el pueblo volverá a la vida y lo restablecerá, de acuerdo a su proyecto original.  Jesucristo revela con su Palabra, con sus obras, que esa realidad salvadora ya ha empezado a obrar en medio del mundo; Él es la Resurrección y la Vida, nos invita a creer en Él y seguirlo. Esa respuesta de fe y seguimiento se materializa en la vida que San Pablo nos describe en la 2ª. lectura. No es algo irreal o abstracto, es una vida de fe que redime no solo nuestra condición humana herida por el pecado, sino que es una fe que transforma el mundo por el compromiso que vivamos con nuestro Maestro y Señor. La decisión es personal: alinearnos con aquellos que decidieron matar a quien se ha manifestado como el Amor y la Vida (Juan 8, 53) o creer en Cristo y seguirlo (Juan 8, 45) Amén.

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Miguel Angel Cortes

Lectura del Santo Evangelio según San Juan

Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45

 

En aquel tiempo, Marta y María, las dos hermanas de Lázaro, le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a su discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”.

Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Jesús se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”

Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra.

Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.