REFLEXIONES
Marzo 29 de 2026 Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
Lecturas del día
- Isaías 50, 4-7.
- Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24.
- Filipenses 2, 6-11.
- Mateo 26, 14–27, 66.
Saludo fraterno, familia y amigos.
En mi camino de fe, cada vez me convenzo más de la inabarcable acción salvadora de Dios por su creación, por la humanidad, por cada hombre. Es una realidad que va infinitamente más allá de toda dimensión que conocemos en la lógica humana; y es allí donde descubro la renuncia de muchas personas al camino de la fe, porque piensan la salvación en perspectiva de la lógica terrena y no desde la acción de Dios y la fe en Él, en su redención por la humanidad y la creación.
La 1ª. lectura de este domingo nos presenta la figura del Siervo doliente de Yahvé; escogido por Dios, atento a su Palabra y su voluntad, confiado a su actuar y su Providencia, siervo que es perseguido, ultrajado por su fidelidad a Dios y a su misión. Esta fidelidad le llevará a la muerte, que en un momento la festejan sus enemigos.
Dios, que es fiel, ha fortalecido a su siervo, a su escogido y le dará la victoria sobre sus enemigos, incluso a través de la muerte. Jesús es el Siervo doliente de Yahvé por antonomasia, Jesús es el cumplimiento pleno de ese anuncio de la 1ª. lectura.
Jesús vive toda su existencia, incluida la Pasión, confiado absolutamente en las manos de Dios Padre; en Él no quedará defraudado.
La narración de la Pasión en el Evangelio de Mateo nos muestra a Jesús en ese camino culminante en su fidelidad a Dios y a su misión; termina el texto en la muerte y sepultura de Cristo; es la victoria aparente de sus enemigos, pero Dios nos descubrirá en su Hijo Jesucristo, su acción absolutamente salvadora, que va más allá de nuestros planes y lógica humana.
Para contemplar y vivir la acción salvadora de Dios es necesaria la decisión y el camino de la fe en nuestra cotidianidad, porque esa redención de Dios se desarrolla en medio de las circunstancias de nuestra vida y de nuestra historia, en donde también se da esa presencia del mal, del egoísmo, de la muerte, de la animadversión frente al que actúa de manera justa y honrada.
En algún momento podemos experimentar también persecución o ultrajes, incluso la muerte deseada por un enemigo, pero Dios nos ha asociado a la victoria de su Hijo; no quedaremos defraudados, quizás pensamos que el relato para nosotros también termina en la muerte y sepultura; pero démosle tiempo a la acción salvadora de Dios.
Pidámosle su gracia, que Él nos ilumine el corazón para corresponder a la llamada que nos hace y responder a su regalo de salvación. Amén.
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Miguel Angel Cortes
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo
Mateo 27, 11-54
Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato: “¿No oyes todo lo que dicen contra ti?” Pero él nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los ahí reunidos: “¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?” Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia.
Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle: “No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó: “¿A cuál de los dos quieren que les suelte?” Ellos respondieron: “A Barrabás”. Pilato les dijo: “¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?” Respondieron todos: “Crucifícalo”. Pilato preguntó: “Pero, ¿qué mal ha hecho?” Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza: “¡Crucifícalo!” Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: “Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes”. Todo el pueblo respondió: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha y, arrodillándose ante él, se burlaban diciendo: “¡Viva el rey de los judíos!”, y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: ‘Éste es Jesús, el rey de los judíos’. Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole: “Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”. También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo: “Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ ”. Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”, que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Está llamando a Elías”.
Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron: “Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo”. Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.
Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes.
Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.