122

REFLEXIONES

Diciembre 25 de 2025 Solemnidad de la Natividad del Señor. Ciclo A

Lecturas de la misa del día

  • Isaίas 52, 7-10.
  • Salmo 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6.
  • Hebreos 1, 1-6.
  • Juan 1, 1-18 o 1, 1-5. 9-14.

Saludo fraterno, familia y amigos…

¡Feliz Navidad!

Una expresión cargada de esperanza, alegría espiritual y paz interior. Sabemos que Navidad viene de Natividad, es decir, Nacimiento. Desear la feliz Navidad es precisamente la celebración gozosa del Nacimiento de Cristo en nuestra vida, para nuestra salvación; el regalo por excelencia de Dios a los hombres; como la gracia, gratis; sin nada a cambio.

 

Muchas veces he compartido que la Navidad es uno de los tiempos litúrgicos que me parece más hermoso, un tiempo completamente lleno de esperanza, no solo para el creyente sino para toda la humanidad, para todo aquel que abra su corazón al idioma del amor.

 

Cuando escucho de alguna persona decir que no le gusta Diciembre, que no le gusta la Navidad, pienso en cuánto hace falta anunciar este misterio que celebramos, el contenido que realmente tiene, no solo para el creyente sino para la humanidad en general. Cuando profundizamos y contemplamos el misterio de la Navidad y las implicaciones que tiene, es entonces cuando deja de importarnos si estamos o nos sentimos solos, abandonados, sin fuerzas; porque Dios viene a revelarnos, Él mismo, quién es y su designio de amor en su Hijo Jesucristo. 

 

Desafortunadamente, desde los mismos párrocos y sacerdotes, por querer ser más populares en medio de las comunidades, se le ha venido haciendo por décadas, un daño gigantesco al misterio del Nacimiento del Salvador. Se ha permitido que el consumismo y los regalos traídos por un personaje que en ningún momento aparece en la Sagrada Escritura, muchísimo menos en el Evangelio, se atrincheren a la salida misma de la Eucaristía de Navidad, distorsionando totalmente el misterio que celebramos.

 

La corrupción en este aspecto ha llegado a tal punto que en una parroquia, en la misa de Navidad, después del momento de la comunión, un hombre con problemas de obesidad y triglicéridos por encima de cinco centenas; disfrazado de ese rojo, su rostro bonachón; entraba muy campante hacia el pesebre o nacimiento y dejaba junto a la cuna del Niño Dios tres objetos, simbolizando el incienso, la mirra y el oro. ¿Habrase visto en este contexto un acto más ridículo y extravagante? 

 

Cuando una persona, una familia, deciden, orientados verdaderamente por la fe, intercambiar regalos el día de la Epifanía o llamado también “el día de reyes”, o simplemente “reyes”; es entonces cuando vamos quitando el velo comercial que el afán de ventas y dinero, le han impuesto por décadas a la escena del pesebre y por ende al misterio del Nacimiento del Salvador, que por excelencia es el regalo de Dios a los hombres.

 

Es por ello que siempre invito a los creyentes a reflexionar, profundizar en el regalo de la fe, para realmente conocer cuáles son las gracias y dones que Dios Padre entrega a la humanidad, en su Hijo Jesucristo, para nuestra salvación. ¡Feliz Navidad!

* * * * * * * * * * * *

Miguel Angel Cortes

Lectura del Santo Evangelio según San Juan

Juan 1, 1-18 o 1, 1-5. 9-14

 

En el principio ya existía aquel que es la Palabra,
y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.
Ya en el principio él estaba con Dios.
Todas las cosas vinieron a la existencia por él
y sin él nada empezó de cuanto existe.
Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas
y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
Él no era la luz, sino testigo de la luz.

Aquel que es la Palabra era la luz verdadera,
que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
En el mundo estaba;
el mundo había sido hecho por él
y, sin embargo, el mundo no lo conoció.

Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron;
pero a todos los que lo recibieron
les concedió poder llegar a ser hijos de Dios,
a los que creen en su nombre,
los cuales no nacieron de la sangre,
ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre,
sino que nacieron de Dios.

Y aquel que es la Palabra se hizo hombre
y habitó entre nosotros.
Hemos visto su gloria,
gloria que le corresponde como a unigénito del Padre,
lleno de gracia y de verdad.

Juan el Bautista dio testimonio de él, clamando:
“A éste me refería cuando dije:
‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí,
porque ya existía antes que yo’ ”.

De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia.
Porque la ley fue dada por medio de Moisés,
mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás.
El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre,
es quien lo ha revelado.